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Colza, cártamo y camelina: los cultivos para biocombustibles no se ponen límites y van por otro salto productivo

Fuente: Infocampo 27/04/2026 15:18:07 hs

Bunge, una de las gigantes globales que apuesta por estos cultivos en Argentina, triplicó la producción en la última campaña y estima duplicar la siembra en el ciclo próximo a comenzar. Un aporte clave para reducir la huella de carbono agrícola.

La multinacional Bunge anunció este lunes que en la última campaña lideró la producción de cultivos de baja huella de carbono en Argentina, destinados a la industria de los biocombustibles.

Según informó a través de un comunicado, el aceite obtenido entre diciembre y enero a partir de la cosecha de colza, cártamo y camelina ya arribó a Europa, donde comenzará a ser utilizado en la producción de estos denominados “biofuels” de segunda generación.

Este hito, que se enmarca en el programa de Agricultura Regenerativa de la compañía, fue posible gracias a los convenios firmados por la compañía, que abarcaron unas 90.000 hectáreas productivas distribuidas en más de 1.000 lotes y en ocho provincias, triplicando el volumen alcanzado en la campaña anterior.

CARBONO: CULTIVOS QUE DEJAN UNA HUELLA SUSTENTABLE

Desde Bunge recordaron que la industria de los biocombustibles de segunda generación registra una demanda en fuerte crecimiento, impulsada por las iniciativas globales de descarbonización y la transición hacia energías renovables.

Este segmento requiere aceites certificados con baja huella de carbono, un requisito que los cultivos del programa de Bunge lograron cumplir con los más altos estándares.

Jorge Bassi, director de Marketing y Nuevos Negocios, explicó: “Todos los cultivos del programa lograron los mejores certificados de emisiones de carbono, llegando en algunos casos a comprobar fijación de carbono y efectos positivos sobre el ambiente”.

“Esto se logró con un extenso trabajo de campo que incluyó muestreos de suelo, contenido de carbono y principales nutrientes para generar mapas que sirvan tanto para la certificación de las emisiones, como para mejorar el manejo en las próximas campañas”, amplió.

En este contexto, cabe recordar que las oleaginosas desarrolladas por Bunge se implantan en reemplazo de barbechos, aportando carbono al suelo durante períodos tradicionalmente improductivos y funcionando como verdaderos “puentes verdes con cosecha”.

“Los cultivos que pueden cumplir este rol son muy específicos por región y tipo de rotación. El programa de Agricultura Regenerativa de Bunge cuenta con tres especies diferentes: colza, cártamo y camelina, cada una con diferentes posibilidades genéticas, para que el productor pueda elegir el cultivo y ciclo que mejor se adapta a su campo”, agregó Bassi.

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COLZA, CÁRTAMO Y CAMELINA

En el caso de la colza —el cultivo más desarrollado—, el programa ya cuenta con nueve híbridos con características diferenciadas.

En paralelo, Bunge impulsa alianzas estratégicas para asegurar la mejor genética y optimizar los destinos comerciales de la producción.

  • Para el desarrollo de camelina, la compañía invirtió junto a Chevron en Chacraservicios, una empresa local con genética propia y amplia experiencia en producción a campo.
  • En colza, se implementan convenios totalmente basados en híbridos, algunos de ellos importados desde Alemania.
  • Para cártamo, Bunge trabaja con semillas provenientes de Norteamérica y mantiene acuerdos de investigación orientados al desarrollo de nueva genética.

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“Sabemos que, para que el programa sea un éxito, no sólo es importante el margen que obtiene el productor, sino también la estabilidad de estos cultivos, su fecha de cosecha y el efecto que generan como antecesores de los cultivos de verano”, sostuvo Bassi.

Y añadió: “Llegar al productor con la mejor genética y el asesoramiento preciso, genera buenas experiencias y es la clave que está impulsando un fuerte crecimiento. Las expectativas para esta campaña nos llevan a pensar en una duplicación de áreas y producción”.

Pionera en este tipo de desarrollos en Argentina, Bunge reafirma así su apuesta por la integración entre la transformación del sector energético y una agricultura más sostenible.

Al mismo tiempo, estas nuevas oportunidades productivas generan un impacto positivo a nivel país: incrementan la producción agrícola, promueven una mayor fijación de carbono en los suelos y fortalecen el agregado de valor local, ya que los cultivos se transforman en aceites en el país y las harinas resultantes se destinan a la alimentación animal.

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