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“La verdad es eso, tristeza”: sembró maíz soñando una gran cosecha y la sequía lo obligó a dárselo a las vacas

Fuente: Infocampo 23/01/2026 13:14:19 hs

Un productor de Jovita (Córdoba) relata cómo una campaña que arrancó con señales ideales terminó en pérdida total por la sequía. Inversión, tecnología y decisiones a merced del clima, en una historia que refleja el riesgo permanente de producir.

El campo no siempre responde a la lógica de los planes ni a la prolijidad de los números. En la localidad de Jovita, al sur de Córdoba, Martín Bireni lo comprobó en carne propia en la actual campaña agrícola.

Lo que comenzó con buenas perspectivas, humedad en los perfiles y precios que alentaban a apostar, terminó con un maíz devastado por la sequía y las vacas ingresando al lote como única salida posible.

Bireni es ingeniero industrial y desde hace poco tiempo está al frente del establecimiento familiar, un campo mixto donde conviven agricultura y ganadería.

Aunque su formación profesional está lejos del agro, el día a día lo enfrenta con las mismas decisiones —y los mismos riesgos— que cualquier productor. “El campo te pone a prueba todo el tiempo”, resume en una entrevista exclusiva con Infocampo.

MAÍZ: UNA DECISIÓN QUE PARECÍA LÓGICA

La familia siempre se caracterizó por manejarse con cautela. En una zona donde los veranos suelen ser implacables, la estrategia histórica fue evitar el maíz de primera.

“No hacemos nunca maíz temprano, justamente porque vamos a lo seguro, a pegar las lluvias de enero o febrero”, explica. Sin embargo, mirando por los pronósticos, esta campaña parecía distinta.

El invierno dejó buenas reservas de agua y la primavera arrancó con señales alentadoras. A eso se sumaron los números del mercado. Con ese escenario, decidieron romper la regla y sembrar maíz temprano en unas 90 hectáreas, repartidas en dos lotes. La siembra se concretó a mediados de septiembre y el arranque no pudo ser mejor.

Apenas terminamos de sembrar, esa misma noche cayeron 35 milímetros. Dijimos: ‘la pegamos’”, recuerda Bireni. El cultivo emergió bien, con buen stand de plantas y un desarrollo inicial que invitaba al optimismo. Pero con el correr de las semanas, el panorama empezó a cambiar.

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Las lluvias se cortaron y el agua comenzó a faltar en el momento más crítico. La sequía no fue un problema aislado del campo familiar: afectó a una amplia franja que va desde Villa Valeria, cerca del límite con San Luis, hasta zonas de Laboulaye. Los maíces de primera empezaron a deteriorarse sin posibilidad de recuperación.

INVERSIÓN DE PUNTA, RESULTADO CERO

Como ocurre en estos casos, el golpe no fue solo productivo, sino también económico. El maíz es uno de los cultivos de mayor costo por hectárea, sobre todo cuando se apunta a altos rindes.

“Para hacerlo bien es costoso, más con la tecnología que necesitas para explorar mayores potenciales”, señala Bireni. En su caso, no se escatimó en insumos: fertilizante arrancador en la siembra y una refertilización posterior para acompañar el crecimiento.

“Hicimos todo con todas las de la ley”, afirma. Justamente por eso, el impacto de ver el resultado final fue mayor. “Al que le paso una foto me dice: ‘qué tristeza’. Y la verdad es eso: tristeza por la inversión hecha y por el esfuerzo que hay atrás”, admite.

Con el rinde comercial descartado, llegó el momento de decidir qué hacer con lo poco que había quedado en pie. Algunos productores de la zona optaron por picar el maíz para forraje, pero no todos cuentan con esa estructura. En el caso de Bireni, la decisión fue más directa.

“La decisión fue dárselo directamente a los animales, ahí en pie”, explica. La ventaja —si se la puede llamar así— fue contar con un planteo mixto. El campo tiene sectores de menor aptitud agrícola que históricamente se destinaron a la ganadería, lo que permitió una rápida reconversión del desastre agrícola en una herramienta para sostener el rodeo.

Simplemente largaron las vacas al lote. El maíz que había sido pensado para grano, con genética y fertilización de punta, terminó cumpliendo el rol de forraje de emergencia. Fue el cierre forzado de una campaña que arrancó con expectativas altas y terminó muy lejos de lo proyectado.

Martín Bireni, el productor que sufre por la sequía

EL ESTRÉS EXTREMO Y LA SEÑAL DE ALERTA

Uno de los síntomas que más llamó la atención del productor fue el comportamiento de las plantas frente al calor. “Cuando el maíz sufre, se pone como una flecha, se arruga, se cierra”, describe. Lo alarmante fue el horario en que ese estrés aparecía.

“Hay días que a las 9 de la mañana ya está así. A esa hora normalmente la planta está relajada, con el fresco de la noche. Eso te muestra que el suelo ya no tiene agua”, explica. La falta de reservas hídricas y las altas temperaturas terminaron de sentenciar al cultivo.

El contraste dentro del mismo campo es llamativo. En un sector, las vacas consumen el maíz seco; en otros lotes, sembrados más tarde, todavía hay soja y maíz tardío en carrera. “Si llueve en estos días, pueden zafar”, dice, aunque aclara que la soja ya muestra manchones quemados.

LOS NÚMEROS QUE EXPLICAN LA SEQUÍA

Bireni lleva registros detallados de las precipitaciones y los compara con la campaña anterior. La diferencia es contundente. Entre noviembre, diciembre y enero del ciclo pasado habían acumulado 270 milímetros.

En el mismo período de la campaña actual, apenas 108. Más de 160 milímetros menos en los meses clave para definir el rinde.

Lo paradójico es que el arranque del año invitaba a pensar lo contrario. “Las pasturas seguían brotando en pleno invierno; teníamos buena humedad en los perfiles. Eso era un pronóstico alentador”, recuerda. Esa falsa seguridad fue la que empujó la decisión de sembrar maíz temprano.

Hoy, el productor mira lo que queda con cautela. El maíz tardío y la soja aún dependen de lo que ocurra en las próximas semanas. “Si seguimos así, estamos cerca de la emergencia agropecuaria”, advierte, aunque aclara que todavía hay cultivos con potencial si el agua llega a tiempo.

La historia de Martín Bireni resume, en primera persona, el desafío permanente de producir. “Esto muestra lo que es el campo: la inversión que hace el productor y que muchas veces no se reconoce”, reflexiona.

En esta campaña, una apuesta que parecía lógica terminó convertida en rastrojo y pasto para las vacas, recordando que, en el agro, la última palabra siempre la tiene el clima.

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